Relato erótico IX: Tres cuerpos fundidos en la hora mágica

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Escrito por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

La vida, para bien o para mal, cambia en segundos. Pasar de una noche tranquila a una de las más locas de tu vida no suele estar planificado, surge sin más. Es la virtud de la espontaneidad, hacerte vivir experiencias novedosas, incluso inesperadas. La naturalidad con la que Álex y Sandra, una pareja de 28 y 29 años respectivamente, vivieron la visita de Vicky en plena madrugada, fue la clave para disfrutar de una de las noches más pasionales de sus vidas. Ambos son heterosexuales, llevan poco más de dos años juntos, con una actividad sexual plena. Ni en este tiempo, ni en el anterior a estar juntos, se habían planteado hacer un trío, nunca lo han pensando. Este es el relato que han enviado a Punto G, de aquella noche de octubre en la que pasaron de un plácido sueño a entrelazar sus cuerpos, con una tercera persona, en una burbuja de placer.

Comenzó a llover sobre Granada en el momento en el que las campanas del Albaicín marcaban la inclusión en una hora inexistente. Se trataba del cambio de hora, ese último sábado de octubre en el que las cosas suceden dos veces.

Eran las dos de la mañana. Por primera vez. Tú, Sandra, escuchaste el retumbar del portero automático y saliste de la cama en pijama. “Soy yo”. Y tras ello te dijo su nombre. Era Vicky.

-¿Qué querrá a estas horas?

Miraste por la mirilla. La puerta se abrió. Y en el recibidor una chica fusilada por el zumo de nubes recibió tu bienvenida. Le diste dos besos sobre el felpudo, y le pediste que entrara.

-Vengo del Camborio. Ha empezado a llover muy fuerte. ¡Y me he puesto chorreando! Necesito un paraguas para volver a casa. Siento haber venido a estas horas. ¿Os he despertado? Es evidente que a ti sí. ¿Álex está?

-Te dejaré algo de ropa. Y una toalla. ¡No te preocupes por la hora!

Ella había bebido. Se le notaba la razón nublada en la falta de eficiencia de sus movimientos. ¡Estaba tan húmeda y tan triste!

Al sentarse en una de las banquetas del salón, tú la miraste de abajo a arriba. Llevaba una blusa escotada, muy pegada a su piel. El sujetador era de color oscuro y su presencia era perturbadora. La lluvia hacía que el sujetador se viera con más claridad. La blusa jugaba con los contornos y con las trasparencias.

¿Y debajo? Quedaban unos pantalones ajustados, de color violeta, de un violeta apagado, del mismo tono que un colgante con forma de delfín que descansaba bajo su cuello. La cola del delfín señalaba los pechos. Parecía vibrar. La cola del delfín vibraba. Giraba y señalaba los pechos, de forma alterna, nervioso por estar entre dos aguas.

Sobre la silla, cruzada de piernas, se quitó las medias. Y comprobaste que se marcaba entre las piernas la posición de las bragas. Fue entonces, me contaste, cuando notaste que tu mente circunvalaba demasiado deprisa, y te llevaba a imaginar la caída del agua de la lluvia sobre sus muslos.

-Pon la tele. Voy a por algo de ropa, mientras.

Llegó hasta ella la voz de un locutor. Jordi González, creo que era. Se despedía de la audiencia con una de esas reflexiones que quedan tan sofisticadas en antena, aunque carezcan de base.

camiseta-mojada-Imagínenlo, amigos. Son las dos y cinco. Dentro de cincuenta y cinco minutos será… ¡hace cinco minutos! Habrán viajado en el tiempo. Por ello, recuerden lo siguiente. La próxima hora no existirá. Olviden sus miedos y sus complejos. Olvídenlo todo. Y vivan intensamente como si esta hora fuera a ser borrada, como si grabásemos encima de una cinta de vídeo. ¡Muy buenas noches y nos vemos la semana que viene!

Nuestra amiga escuchó aquello y se puso muy contenta. Aquella hora no existía. Su dolor no existía. Lo ocurrido aquella noche no era verdad. Podía hacer y decir lo que le apeteciera, purgar su odio, y liberar la tensión acumulada.

Casi en tu presencia, se quitó los pantalones dejando al descubierto unas bragas rosas. Te la encontraste así, al llegar al salón, con los pantalones en la mano y con las bragas mojadas.

-Creo que deberías quitarte las bragas. O cogerás frío.

Y ella comenzó a reírse de un modo irracional, implorando un contacto humano, una palmada en la espalda.

-¡Me ha dejado! Me ha dejado esta tarde. Ese desgraciado me ha dejado. Y ahora… Estoy muy jodida. He comenzado a vivir. Quiero aprender a vivir. Y me da igual que piense que no soy capaz de vivir, porque soy capaz de vivir. Y… ¿dónde hay un calentador?

¿Quién hubiera necesitado un calentador en ese momento? Tú, no. Tú mirabas sus bragas y sentías que lo mismo daba su presencia o su ausencia. Entre sus bragas, en ese momento, se dibujaba una arruga central, bien definida. Una arruga que sí incrementaba el caudal de tus arterias. Aquella no era una arruga corriente, sino el objeto de tu deseo.

Mientras ella te narraba el desarrollo de la noche, de los meses previos y de las últimas peleas con su ex novio, yo observada toda la escena desde el quicio de la puerta, incrédulo. Pero no me atrevía a saludar por miedo a disolver el sortilegio. Y tú, en ese momento y ya sin remedio, contemplabas su pubis rasurado, con algo de vello estableciendo una línea tangencial y diminuta.

-¿No crees que deberías quitarte también la camiseta? Se ve que está empapada.

Y ella, que estaba imbuida por la hora mágica, por ese requiebro de las agujas, te hizo caso. Primero retiró la camisa. El sujetador negro mostraba casi lo mismo. Los pechos eran redondos y firmes. Eran turgentes como la fruta madura, recubierta de rocío.

Yo miraba desde el quicio y sentí la necesidad de masturbarme. Comencé a rozarme sobre el pantalón al comprobar que ella solo tenía ya una prenda de ropa, mientras se atusaba la piel con una tolla. Todo estaba recubierto por cierta aureola de película porno de esas imposibles. Pero era de noche, era de verdad y era nuestra casa.

-Tu novio no está, ¿verdad?

Te dijo, incapaz de verme en el lugar en el que estaba agazapado, mientras quedaba totalmente desnuda. Tú no respondiste a su pregunta sobre mí, y te limitaste a plasmar uno de los razonamientos más extraños que jamás he escuchado.

-Me siento como en una playa nudista, ¿sabes? Porque nosotros hacemos nudismo en verano y… Es un poco de mal gusto permanecer vestida frente a alguien que se ha desnudado.

Después me reconociste entre risas que las hormonas habían pensado por ti. Te llevaron a quitarte la camiseta del pijama, sin que tú quisieras. O quizá querías. Ella no dijo nada. Y sonreíste feliz al ver que ella también miraba tus pechos, al desprenderte la camiseta, pues tú no llevabas sujetador debajo del pijama.

-¿Puedo tocarte los pechos? Es que tengo ganas.

Acercaste las palmas de tus manos y sentiste sus pezones entre tus dedos. Muy despacio. Se deslizaban entre el anular y el corazón. Se aproximaban sus pechos a tu corazón, pues tú te aproximabas a ella. Ella también lo hizo. Con curiosidad. Te rozó los pechos del mismo modo. Y tú, algo perdida, sin saber el siguiente paso que debías dar, disfrutando de cada centímetro cuadrado, pediste consejo.

-¿Y qué hago ahora?

-¿No llevas demasiada ropa?

Te hiciste la difícil, pero finalmente cediste. Finalmente dejaste tus hermosos muslos al descubierto. Quién te hubiera dicho, al ponerte las bragas horas antes, que ella sería la encargada de quitártelas.

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Fue entonces cuando llegué yo. Me cansé de esperar. Pensé que nuestra amiga se sentiría algo más cohibida al entrar yo, pero resultó que se había dejado ir. Nos fuimos a la habitación y tendimos su cuerpo. Su pubis se amoldó al viscoelástico. Sus pechos. Y tus labios sobre ellos. Trazando otras líneas, de pecho a pecho. Subiendo al cuello, mientras yo te besaba entre las piernas.

Sobre el futón de nuestro cuarto, sentiste la necesidad de masturbarla. Recorriste las formas imposibles de sus muslos y notaste el tejido gelatinoso de su vulva, al deslizarse tus dedos en todas sus profundidades. Notaste su gemido sordo y disfrutaste al sentir que se incrementaba con el aleteo de tus dedos. Olía bien. Y si te gustaba su olor, pensaste, te gustaría su sabor. Y así fue.

Abriste por completo sus muslos, en su anchura máxima. Acercaste tus labios. Comenzaste a besar sus labios. Todos ellos. En su máxima expresión. En su máxima acepción, y en todas ellas.

Sonríe con los ojos, se retuerce de placer mordiéndose el labio. Jamás, hasta ese momento, hubieras imaginado su boca sobre mi pene, entrando y saliendo este, de su boca. Con un ritmo segmentado. Por el placer. De tus labios. Mientras tanto, entre sus piernas.

Así fueron fundiéndose los cuerpos, se anudaron los vientres. Me viste entre sus piernas, mientras tú te masturbabas. Y disfrutaste al sentir sus pechos bajo sus manos propias, mientras era penetrada por mí. Mientras el consolador salía del cajón, y otras cosas entraban y salían, y te proyectabas con él los placeres más intensos.

Te pusiste el consolador sobre el clítoris mientras nos veías hacerlo. Después de eso, tú también la penetraste con tu consolador. Ella también te besó, entre las piernas.

No sé dónde fue, ni con quién llegó. Yo también te penetré, eso lo sé. Y puede que eyaculara con el sexo anal, o no. Quizá con ella, en su boca, no lo sé. Quizá llegara tu orgasmo entre sus manos, o en sus labios, o en los míos. No lo sé. No lo recuerdo. Lo lamento. Y lo siento. Intenso. Como aquel día.

La hora se cernía sobre nosotros. Sonó su móvil. Le ofreciste tu paraguas, se vistió de normal. Y comenzó a irse con la misma premura con la que había llegado. Sin orden. Sin concierto. Tocaron las dos, por segunda vez. Y se marchó. La segunda hora segunda machacó la primera, volviéndose rutina, despegando los vuelos del domingo y de las sábanas”.

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