Relato erótico (XI): “La bata claudicó ante la gravedad y vi aquellas tetas gloriosas”

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Ilustración realizada por Piperan.

Escrito por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

Tras leer el artículo de ‘El poder de las tetas (I)‘, Tony recordó unos pechos que le traían loco en su juventud. Eran los de Clara, una compañera de la facultad que por unas horas pasó a ser una amiga con derecho a roce. Tony, un hombre de 40 años, está casado desde 2004 y es padre de tres hijos. Perdió la virginidad a los 21 años en un Ford Escort. Le encantan las mujeres y durante el sexo su imaginación juega un gran papel montándose películas con otras mujeres, “aunque depende de con quién acabo pensando en la prima de riesgo para frenar la sobreexcitación y que la fiesta acabe pronto”, confiesa. Le gusta las caricias, que la lengua de su amante deje su rastro y explorar cosas nuevas, aunque tiene claro las propias limitaciones y al final lo mismo lo de intentar el salto del tigre no resulta tan excitante. También cuida que su pareja sienta más o menos lo mismo: “Intentar acelerarla y que me acabe clavando las uñas. Esto es cosa de dos y aquí se goza directamente o haciendo gozar y que te vuelva el reflejo”. Tony nos cuenta su fugaz historia con Clara:

1. En la facultad yo tenía una compañera que era una belleza camuflada. Que todo el mundo la tuviera delante y no cayese a sus pies, era como estar contemplando un billete de cincuenta euros tirado en la calle y que nadie lo cogiera. La pena es que era divertida. Y lista. Y tan mordaz que era un gusto echar con ella las tardes con discusiones interminables. No te podías enamorar de ella porque si te enamoras la cagas. Labios hay muchos, culos también, ojos oscuros hipnotizadores hay solo unos cuantos, pero lo que te ofrecía aquella mente chispeante no merecía la pena arriesgarlo por robarle un beso.

2. Terminó la facultad y yo seguía escandalizado con aquella belleza oculta a la que sólo algún cretino se acercaba a olisquear de vez en cuando. Una de las últimas noches inocentes que pasamos juntos, nos despedimos en su puerta. Ella sólo llevaba una batita, decente en el término más usado en la transición, y su pelo negro y oloroso recogido por una pinza. Nos despedimos. Yo tenía unos brazos en otra ciudad que me esperaban y ella dijo que se iba a dar una ducha. Se metió en el cuarto de baño y la bata cayó como fruta madura. Dejó la puerta abierta, ni siquiera esperó a dar el grifo. Luego se soltó aquella melena profunda y embriagadora y contemplé extasiado que llevaba razón, que efectivamente era un billete de cincuenta, que por una vez yo debería rendir cuentas a la humanidad masculina por no haber alabado su belleza rotunda y absoluta. Se giró sonriéndome y pasé de ver su espalda plagada de constelaciones de lunares a unos pechos perfectos, densos, concentrados, oscuros, apetecibles que fueron como dos flechas que inesperadamente se clavaron más allá del deseo. Me quedé tonto, hipnotizado. Y lo único que se me ocurrió decir fue: “Te tengo que escribir un cuento”. Y me fui de aquel baño.

3. Me pasé el viaje lamentándome: “So maricón, con lo impresionante que está y no has atacado. Te lo ha puesto a huevo y un poco coladito por ella sí que estás”, pensé. Aquella noche no pude dormir, recordando su olor, pensando en el brillo de las zonas de su piel, en su pubis cuidado hasta el punto justo, pero sobre todo en aquellos dos volcanes de cráter oscuro.

4. Le escribí el relato a la segunda noche y se lo mandé. A los pocos días, se presentó en mi ciudad. Nos quedamos a solas en mi antiguo cuarto en casa de mis padres. Me daba un poco de vergüenza porque tenía mi póster de Maribel Verdú y mi decoración noventera. Me dijo lo que le había parecido mi relato y se volvió a desnudar, sin prisas, con un brillo en los ojos que me hubiera gustado poder atraparlo. Y esta vez sí, no hubo prisa, me dejó cartografiar su cuerpo, me sentí Livingstone en África, Balboa asomándose al Pacífico. Acabamos literalmente en la cama. Y…. fue absolutamente decepcionante, como todo lo que inconscientemente esperas durante tantos años que suceda y te lo has imaginado sin querer de mil formas.

5. El artículo de las tetas en Punto G me recordó a aquella noche en que la bata claudicó ante la gravedad y vi aquellas tetas que yo sólo creía posibles en los tratados de belleza clásica. Clara era físicamente gloriosa, pero parecía no disfrutar en absoluto conmigo, aunque tampoco me dejaba que me fuera. Me he encontrado con mujeres que decían, “si, sí que disfruto contigo”. Y lo mismo era verdad que disfrutaban, porque luego la mayoría me buscaba. El que no disfrutaba era yo. Hay chicas preciosas (mi marcador de experiencias es como el de un partido de fútbol de Segunda B), que luego se quedan quietas, agarrotadas, como si estuvieran pasando por un trámite. Un chasco. Y chicas de lustrosa celulitis o narices imposibles que te llevan a la puerta del paraíso. Clara era de las primeras, con lo delgadita que era aún no sé de donde sacaba tanta fuerza para agarrotarse y que no la aflojaran mis caricias y mis bromas.

6. Por entonces tenía novia, la que es mi actual mujer: guapa a rabiar, buena chica, genial madre, notable compañera y estupenda amante. Pero durante años, cuando hacía el amor con ella (o con otra, ya que debo de tener un gen flojo por ahí) se me venían a la cabeza los tactos y sabores de la otra. Clara acabó conociendo a un tío que necesitaba papeles y se casaron. Es una de las experiencias con más desasosiego y más absurdas que he vivido, ir a una boda y estar colado por la que va de blanco. Después sólo la vi una vez, porque vino para que conociera a su hija. No he sabido nada de ella hasta hace cuestión de un mes, que me llamó para decirme que estaba harta de su marido que básicamente sólo quería de ella sexo. Y qué le iba a decir yo si me tiré un tiempo que pensaba igual…

Tony ambientó la historia que le escribió a Clara en los años 40. Lo cuenta en primera persona, pero como un hombre ya hecho abuelo que le relata lo acontecido a su nieta:

Se llamaba Clara y nunca antes le he hablado a nadie de ella, a nadie. Era guapa y morena. La conocí hace muchos años, antes del accidente que me apagó la vista. Yo tenía 26 años y me iba a casar con tu abuela. Trabajaba de mecánico en la casa Renault. Yo a los 26 era virgen. Nunca había estado con ninguna mujer, y por su puesto ni había tocado a tu abuela. ¡Eran otros tiempos!

En aquel otoño lluvioso, me encontraba en un mar de dudas y la verdad es que hubiese abandonado a tu abuela si no hubiera sido por el dichoso qué dirán y por evitarle la vergüenza a ella y a mis padres.

Un sábado mi jefe me mandó a Huelma, para arreglar el generador de la luz de la finca de La Manzanilla. Mientras conducía, iba pensando en tu abuela, en el dilema que tenía, entre lo que me decía la parte racional de mi cabeza y los gritos que a menudo me pedía el corazón y el alma.

Al llegar a la finca, pregunté por el generador y me explicaron el problema. La gente del cortijo me acompañó por un sendero que se alejaba hacia la caseta del motor entre los mares de olivos. Entonces vi a Clara. Era más bien bajita y muy morena. Y delgada, mucho. Tenía el pelo suelto, corto y unos bucles negrísimos le tapaban parte de la cara porque estaba inclinada hacia delante para coger un pequeño cántaro. Cuando se irguió vi el par de ojos más grandes y pardos que había visto nunca.

Tras esos instantes embobado, volví a lo mío y empecé a reparar el generador. El trabajo se alargó más de la cuenta y llegó la noche. Me tocaba dormir en el pajar, en lo alto de un cerrete, fuera del grupo de casas de la finca, pero cerca estaba la pequeña morada de Clara.

Salí a liarme un cigarro y desde fuera veía a Clara en el interior de su casa. Solo llevaba un camisón. Pasó sus dedos por la nuca, de abajo a arriba, como soltándose el pelo, cruzó las manos sobre el pecho, agarró el camisón y se lo sacó por la cabeza. Nunca, nunca había visto a una mujer desnuda. ¡Qué cosa más maravillosa, por Dios! Estaba de perfil, casi de espaldas. Giró levemente la cabeza. Por un segundo el pánico me atenazó, creía que me iba a ver, pero se detuvo al agarrar una toalla y acercársela. Cambió de postura para enjabonarse el pelo. Entonces le vi los pechos, gloriosos pechos. Eran firmes, redondos, no excesivamente grandes como correspondía a la armonía de ese cuerpo menudo, coronados por dos pezones rugosos, bien marcados, oscuros, más bien extensos, saltones y no exactamente iguales. Empezó a aclararse y a bajar hilos de agua sobre su pecho desnudo. Alcancé a ver como las pequeñas cascadas de agua cambiaban levemente su dirección al pasar sobre el ligero relieve de los lunares que adornaban su piel. ¡Cuánta belleza! Me vi sumido en un estado de atontamiento, de feliz expectación. No existía nada más. Y entonces me vio. Instintivamente me encogí, pero luego pensé que eran tonterías mías, que era imposible que me viese en la oscuridad.

Al domingo me puse manos a la obra con el generador. Y apareció ella:

– Buenos días. Me llamo Soledad y vivo en la última casa. Si necesitas algo, llama a mi puerta, por favor. Toda la gente de don Jorge es bienvenida aquí y debe ser tratada de la mejor manera posible.

No supe ni contestarle, me quedé sin habla al ver de cerca a esa belleza. Logré arreglar el generador durante el día. De nuevo llegó la noche y decidí partir al amanecer, el tiempo amenazaba lluvioso. Fui a acostarme al pajar. Me tumbé en mi esquina con las manos en la nuca, mirando el cielo a través de la ventana. Todas las luces estaban apagadas, salvo la de Clara. Quería verla. Aunque no le dijera nada. Ver su rostro por última vez, antes de marcharme al alba. Me había dicho que la llamara si necesitaba algo, y no había cenado… Casi no me di cuenta de que estaba mojado y con los pies llenos de barro, llamando ante su puerta. Después de cerciorarse que era yo, me dejó pasar.

– No seas tonto, pasa, siéntate, en un rato te preparo algo.

Cenamos tranquilamente, hablando de su vida en el cortijo, de novelas… En un momento dado, noté que me miraba más fijamente, y sin perder su media sonrisa me dijo:

-No llevas anillo, no estás casado, pero tienes novia, ¿verdad?

-Sí. Novia formal. Nos vamos a casar

-Seguro que la quieres mucho, seguro que sois muy felices.

Me costó horrores contenerme, decirle todo lo que llevaba dentro, lo que me no dejaba de rondarme la cabeza, la decisión que había tomado, lo que me había costado y lo que iba a hacer sufrir a tanta gente que yo quería. Escondí la mirada cobardemente y le dije: “Sí, mucho”.

De pronto sentí que no debía estar allí, que tenía que irme, aunque no quisiera estar en ninguna otra parte, tenía que huir de aquel lugar cálido y volverme a mi pajar frío. Tenía que hacerlo, invadido por un pánico inmenso que salía de dentro de mí. Me levanté de golpe. Creo que la asusté:

-Me voy, dije

-¿Ya? ¿No te quedas un rato más?

-No, es que mañana toca madrugar, el motor ya está reparado.

Un poco sorprendido por sus palabras, hice lo que nunca había hecho con nadie que no fuera familiar mío, y que ahora los jóvenes hacéis tan a menudo. Sin soltarle la mano la besé en la mejilla. Al hacerlo noté su perfume. Cómo olía a violetas. El aroma salía de su pelo negro rizado y de su cuello tenso. Sentía como me invadía los pulmones y el sentido, recargándome de deseo. Y entonces vi su mirada, como dos brasas apuntándome, fija, seria, intensa y brillante, y… no pude evitarlo, la besé en los labios. Ella ni se movió. La volví a besar. Me rodeó el cuello con sus brazos. Yo la apreté suavemente y prolongué algo más el beso. Nuestras lenguas se rozaron y empezaron a juguetear. Nunca había besado a nadie así, nunca, tu abuela no me dejó ni entonces ni después. Sentí la tierna firmeza de sus labios, el choque de sus dientes, la suavidad de su lengua juguetona, la fricción de sus pechos contra mi torso. Y sobre todo, aquel olor, que no podía dejar de hipnotizarme.

La rodeé con mi brazo izquierdo, y la empujé hacia atrás con mi cuerpo. La deposité, sin dejar de besarla en la cara y en el cuello, sobre la cama y allí intensifiqué y prolongué uno de los besos, hasta que noté que me quedaba casi exhausto. Luego fui bajando, buscando entre caricias sus dos pequeños volcanes. Ella me agarró las manos, se separó de mí y se levantó. Pensé que la había ofendido. Me daba la espalda, pero cuando se giró, estaba con el pelo revuelto, sonriendo. Yo la veía de pie, vestida con una especie de camisón blanco. El fuego de la chimenea dejaba translucir su cuerpo a través de la tela. Se aflojó la cuerda que cerraba el escote de la prenda y se la sacó por la cabeza. No llevaba más ropa debajo. Yo me quedé petrificado. El mismo cuerpo que había espiado la noche anterior estaba frente a mí, desnudo, invitándome a tomarlo. Sus curvas se me antojaban breves y perfectas, su piel oscura, sus lunares dispersados, como las estrellas que yo miraba usualmente en el cielo, formando constelaciones que sin duda desvelarían su significado a quien supiera leerlas. Me paré en sus piernas, perfectamente torneadas, sus pies pequeños ya desnudos sobre la losa fría del suelo, y me fijé por primera vez en su pubis azabache y rizado, centrado sobre unas caderas que me hacían comprender por qué el padre Adán se jugó el paraíso por una manzana.

Le hizo gracia e inclinó su cuerpo desnudo sobre mí, y yo sin poder apartar la vista de la trayectoria pendular que describieron sus senos breves y firmes al cambiar de posición. Y me besó en los labios. Y me perdonarás, querida nieta, que no te cuente lo que pasó el resto de aquella noche, pero acepta la sincera palabra de este viejo, cuando te dice que fue la más maravillosa de las que ha vivido en su larga existencia.

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1 comentario en Relato erótico (XI): “La bata claudicó ante la gravedad y vi aquellas tetas gloriosas”

  1. Irene
    17 enero, 2016 at 4:02 pm (2 años hace)

    Excitante historia. Es cierto eso de que la mayoría de las mujeres que no cumplen con los cánones de belleza, con piel del naranja y demás, somos más atrevidas. Muchas guapas se creen diosas y no logran disfrutar ni hacer que la pareja disfrute y se divierta.
    http://eliminarcelulitispronto.blogspot.com

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