Relato erótico (XIII): “Esa es la razón de mi deseo”

Imagen de archivo.

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El calor de este verano encendió más que nunca el deseo sexual de Sandro hacia Gema. Una mañana cualquiera que se convirtió en la escena de sexo más salvaje de sus vidas. ¿Realidad o ficcción?

Escrito por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

El último relato erótico que llega a Punto G lo envía Sandro. Es un joven de 29 años y soltero. Perdió la virginidad con 17 años con una chica de 16: “Ella no era virgen. Fue en Almería, en el piso de unos amigos. Estuvimos bebiendo con intención de salir a dar una vuelta, pero cuando llegó la hora les dijimos a los colegas que fueran tirando sin nosotros”, cuenta Sandro. Ese después nunca llegó. Los dos eran todos hormonas y “los besos dejaron paso al magreo, hasta que ella me preguntó si me gustaría hacerlo. Yo estaba más perdido que una gamba en el desierto, así que me dejé llevar por ella. Me coloqué el preservativo y me tumbé boca arriba”. El joven confiesa que la primera vez le dolió un poco y aguantó solo dos minutos “dentro de aquel paraíso, pero valió la pena”.

Asegura que dar sexo oral es con lo que más disfruta en el sexo. “Me excita muchísimo hacerlo y mirar las reacciones de la chica. Con los años he llegado a un punto en el que se me da bastante bien y es una gozada ver lo que puedo provocar”. Por supuesto, también le gusta recibir sexo oral, aunque “desgraciadamente” no ha encontrado quien sea capaz de ponerle en órbita con esta práctica. “Hay una postura en particular que me vuelve bastante loco que me cabalguen pero sentada sobre mi en cuclillas, imagino que por la estimulación visual”.

El relato de Sandro, protagonizado junto a Gema, no tiene desperdicio alguno. ¿Crees que ocurrió de verdad o proviene de su imaginación?

Hace calor en el jardín. Me percato cuando apareces de que has decidido combatir la agobiante temperatura vistiendo un top fino de color blanco que deja al descubierto todo tu torso. Ese es mi paraíso particular, la razón de mi deseo: esa línea que se dibuja entre tu ombligo y tu pecho, ahora cubierto por esa ligera prenda. Vistes además una falda de tela de diversos colores y con un poco de vuelo que te llega hasta la mitad de los muslos.

Te diriges a la pequeña fuente que hay junto a la pared, caminas descalza, con el pelo suelto y ligeramente revuelto. Te has despertado hace poco. A pesar de que no has reparado en mi presencia, yo sin embargo no dejo de observarte desde la distancia, contemplando cada paso que das. Cuando te inclinas sobre la fuente veo como el sol baña cada centímetro de tus piernas, despertando en mi un irrefrenable deseo de sentir el tacto de tu piel suave. Cediendo ante el impulso, me deslizo sin hacer ruido hasta tu posición, justo detrás de ti y te rodeo con mis brazos. Das un breve resalto, un instante fugaz ante mi inesperada presencia y te yergues de espaldas a mí, dejándote abrazar. Inclinas levemente el cuello hacia un lado y casi puedo sentir el aroma de tu piel. Embriagado, poso mis labios sobre tu cuello al descubierto, besándote suavemente.

Noto con las manos que no hay nada bajo tu top y que puedo apreciar el perfil de uno de tus pechos, casi luchando por escapar de su prisión. Un nuevo impulso me lleva a introducir mi mano por debajo del pequeño pedazo de tela y sentir esa teta bajo mi mano, lo envuelvo con ella y lo acaricio despacio. Siento el agradable calor de tu cuerpo y ejerzo un poco más de presión, acariciar tu seno con más energía. Tu pezón comienza a endurecerse lentamente al mismo tiempo que tu piel se estremece, es entonces cuando finalmente te das la vuelta, los dos frente a frente y mirándonos en silencio.

Te beso, muerdo tu labio inferior y de nuevo centro mi atención en ese pecho, es como si me llamara. Me lanzo directamente a lamerlo, mi lengua juega dibujando círculos alrededor de tu pezón, cada vez más pequeños hasta llegar a la punta, donde propino un pequeño mordisco, suave, simplemente para escuchar el suspiro que emerge de tus labios. Tu espalda está apoyada contra la pared. Tus manos comienzan a buscar mi cuerpo, a recorrerlo parte por parte, al mismo tiempo que las mías hacen lo propio.

Deslizándome hasta tu cintura y tu culo percibo algo que en ese momento revoluciona todos mis deseos: tampoco llevas bragas… Levanto tu falda para contemplar tal paisaje, pero tú, sabiendo que mi deseo iba creciendo, me miras con una sonrisa pícara y decides tomar el control de la situación: apartas mis manos de tu falda y me desabrochas el cinturón de mi pantalón. Me veo desnudo de medio cuerpo y a ti, deslizándote hacia abajo al mismo tiempo que arrastras tus manos por mi torso, casi arañándome, hasta llegar a mi miembro. Lo agarras con una mano, firmemente. Ver tu boca aproximarse a esa zona provoca en mí que mi corazón se desboque. Lo que haces a continuación solo confirma que tienes en tu poder la capacidad de volverme loco. Juegas con tu lengua, lo haces despacio, primero desde la base, ascendiendo hasta la punta, donde te entretienes recorriendo cada milímetro hasta finalmente introducirlo en tu boca. El calor que siento en mi pene casi hace que me tiemblen las rodillas. Comienzas a succionar, cada vez de manera más enérgica, al tiempo que resbalas tus labios por todo mi pene, ejerciendo una presión que me enloquece.

Estoy tan excitado que, sujetándote por los hombros, te pongo de pie, frente a mí de nuevo. Te sitúas en el pequeño escalón de la fuente, la espalda apoyada contra la pared y con las dos manos levantas tu falda, mirándome con esa sonrisa malvada. Sobran las palabras. A la velocidad de la luz me dejo caer sobre mis rodillas y me abalanzo hacia tu sexo. En cuanto mi lengua se abre paso entre tus labios, me doy cuenta de que ya estabas muy mojada… Tu deseo era exactamente el mismo que el mío. Contemplarte desde abajo, descalza, de puntillas y con las piernas ligeramente separadas, con una mirada ansiosa y la respiración agitada provoca el tercer impulso en mí: quiero follarte. Ahí mismo, tal y como estás. No quiero cambiar nada. Y siento que tú deseas lo mismo. Me pongo de nuevo en pie, una vez más frente a frente, pero ahora los dos estamos ansiosos, presas de una frenética pasión. No espero más y me introduzco en tu interior. Estás tan húmeda que entra de un solo golpe. Ambos suspiramos profundamente, conectados, sincronizados en una misma onda. Me agarras fuerte del culo, atrayéndome hacia ti con una energía desmedida, casi salvaje.

Tal vez sea por el calor que hace que nuestra sangre hierva, pero esta vez no queremos algo suave, nuestros cuerpos son dos fuerzas de la naturaleza en plena colisión, pura energía. Sujetos el uno al otro, te penetro con golpes secos, fuerte, profundo. Estoy tan cachondo que tengo que luchar con todas mis fuerzas para no correrme, sin embargo tú si lo haces, y notar que estás tan lubricada, sentir la facilidad con la que accedo a ti no hace mas que sacarme fuera de mí mismo.

De nuevo quieres tomar tú el control. Me agarras de la camiseta que aún estaba pegada a mi cuerpo y me arrastras hacia el interior de la casa, donde me tumbas de un empujón sobre la alfombra y te sientes a horcajadas sobre mí. No me dejas hacer nada ahora, así que sujetas mi pene y te sientas sobre él, comienzas a cabalgarme salvajemente, ayudada por la poca fricción. Los dos estamos demasiado mojados en ese momento. Abres tus piernas y te inclinas hacia atrás, apoyándote en el suelo con tus manos y continúas follándome, esta vez con movimientos verticales de tu cintura. No puedo apartar la vista de tu sexo, me es imposible. Tus piernas abiertas me dejan una visión completa y perfecta, los labios hinchados, cada gota de tu sangre fluye hacia ese punto mágico. “Para o me corro” es lo único que consigo articular, pero es imposible parar. No podríamos aunque quisiéramos prolongar este instante. Entre jadeos, me contestas con un “quiero que te corras dentro de mi”, al mismo tiempo que aceleras el ritmo. Intento aguantar unos segundos más, pero tus movimientos son incesantes y con una fuerza imprevista siento como me vacío, succionado por ti, prisionero en un vórtice sin posibilidad de escapar. Emito un gemido prolongado que mi cuerpo se estremece sufriendo espasmos, como las réplicas de un poderoso terremoto que acaba de sacudir mi interior. Nuestros cuerpos empapados se funden en un abrazo, jadeantes, cayendo lentamente en el sopor y la calma que sucede a la tempestad. Solo un pensamiento cruza mi mente: quiero hacértelo todos los días.

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Anímate a compartir tu experiencia sexual, la que más te haya marcado en tu vida. Solo tienes que escribir a: rociogavira@gmail.com. En el asunto pon “Relato erótico”. Y tranquilo por tu privacidad, se publicará bajo otro nombre. Pincha aquí para ver la sección de relatos. ;)

2 Comentarios en Relato erótico (XIII): “Esa es la razón de mi deseo”

  1. Estrella Bamore
    10 agosto, 2015 at 12:24 am (2 años hace)

    No le encuentro ninguna gracia. Lo perdido, perdido está…

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  2. l
    14 diciembre, 2015 at 1:29 am (2 años hace)

    me ha gustado mucho. te transmite al momento

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