Relato erótico (XVI): Los gemidos de placer del jet lag

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El hombre que protagoniza el relato erótico de Punto G confiesa que los cuentos que escribe son una forma de expresar sus fantasías sexuales

Editado por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

Jay A Line –el pseudónimo que ha elegido– asegura que la historia que comparte hoy en Punto G es producto de su imaginación. Este hombre de 39 años de edad, casado y con dos hijos pequeños, dice que los cuentos eróticos que escribe son una manera de expresar sus fantasías sexuales, en este caso con una compañera de trabajo. “Aunque ella no lo sepa es mi inspiracion para este cuento que, por otro lado, no me importaría que se hiciera realidad”, afirma el protagonista de esta historia.

Al hombre que se esconde tras Jay A Line, heterosexual, una de las cosas que más le gustan en el sexo es dar placer a la mujer. “Casi disfruto más con ella que con el mío propio. Escucharla, tocarla, mirarla…”, confiesa. Es partidario de usar juguetes eróticos en la actividad sexual: “Después de 15 años de matrimonio hemos descubierto que es un nuevo campo que da nuevas sensaciones a los dos”. También cuenta que le excita mucho el sexo oral, tanto “darlo y como recibirlo –explica–. Y la postura de la mujer apoyada en sus rodilas y sus manos mientras yo estoy detrás, es con la que más disfruto”.

Este es el cuento erótico que nos deja Jay A Line basado en sus fantasías sexuales con su compañera de trabajo:

El jet lag no nos dejaba dormir al llegar al destino. Teníamos todo a nuestro favor para poder descansar, pero ese extraño sentimiento de tener sueño y no poder dormir, nos devoraba por dentro.

La cabaña del resort, a los pies del mar, tenía la temperatura idónea. Cansado de dar vueltas en la cama, me percaté que ya no estabas en ella. Me levanté y te busqué, pero no te encontré. Como iba desnudo decidí meterme en la ducha para refrescarme a ver si así lograba dormir.

Había unas escaleras en la cabaña que daban acceso al mar para darse un baño. Salí de la ducha con la toalla envuelta en mi cintura. Me sequé lo menos posible para evitar que la mezcla de calor y humedad me molestara otra vez. En ese mismo instante que pasaba por el salón, asomabas por las escaleras de acceso del mar. Recién salido de la ducha, mojado, tenía menos calor pero todo cambió cuando te vi subiendo por las escaleras con el torso desnudo, mojado y un pareo que te tapaba de la cintura hacia abajo. El pareo blanco solo disimulaba algo lo que había debajo de él. Una simple tela para evitar posibles represalias de aparecer desnuda por el resort. El agua que caía de tu preciosa melena negra recorría tus pechos a cámara lenta, al menos en mi mente. No te diste cuenta de que estaba despierto, erguido, con la toalla alrededor de mi cintura, y te pusiste a mira por la ventana.

No te quitaste el pareo, a mí me gustaba más así. Era peor lo sugería el pareo que mostrar lo que había bajo él. Mi imaginación hacía el resto. Solo nos habíamos visto un par de veces y todavía no me había dado tiempo a explorar todo tu cuerpo.

Seguro que lo sabías, seguro que te habías dado cuenta de que estaba ahí, seguro que esperabas que algo pasara ahora que los dos estábamos despiertos. Me acerqué por detrás. Tú hacías como que no me veías. El pareo dejaba una raja por la que se veía tu pierna derecha. El nudo estaba hecho a ese lado y mis dedos se acercaron con cautela por esa hendidura que dejaste al ponerte el pareo. Noté como el agua caía por tu espalda mientras respiraba justo encima de tu nuca. Mis dedos acariciaban tu pierna hasta llegar a la cintura.

El agua que empapaba el pareo lo hacía transparente. Las nalgas se dejaban entrever entre costura y costura con esa tela tan pegada y tranparente al estar mojada. Mis dedos se acercaban a tu cintura. Tu mirada no cambiaba. Mi otra mano te cogía por la cintura del otro lado, dejándose caer por el culo para acariciarlo. La palma de mi mano acariciaba, apretaba, la nalga, mientras la otra, se metía entre costuras para llegar hasta el ombligo. Una vez en el ombligo, jugaba con el piercing mientras, poco a poco, lo empujabas hacia atrás. Tú inclinaste un poco el cuerpo, dejando el culo un poco en pompa para acercarse antes que ninguna otra parte de tu cuerpo al mío.

Al unirse notaste la toalla que rodaba mi cuerpo, pero también que yo no estaba ajeno a todo y que mi pene se iba haciendo más grande. Tu culo me rozaba. Te movías a la derecha y a la izquierda, como queriendo sentirme en tus nalgas. Eso despertaba mis emociones y provocaba que aquello creciera cada vez más.

Buscabas cómo deshacer el nudo que mantenía la toalla atada a mi cintura. No te costó trabajo deshacerlo. Tu mano encontró mis nalgas y comenzó a acariciarlas. No esperé más para desatar el nudo del pareo. Completamente desnudos, tus ojos se cerraron para empezar a sentir todo lo que estaba pasando. Estaba empalmado, mi pene se entretenía entre tus nalgas. No estaba cerca de entrar por atrás, estaba entre las dos nalgas, por la parte de arriba, y la mitad sobresalía y rozaba tu espalda. Tú seguías moviéndote para un lado y para otro, mientras tu respiración se aceleraba. Eso te bastaba para ir empezando. Me aparté un poco y con la mano me agarré el pene y lo metí entre la entrepierna. No quise entrar dentro de ti, solo que los dos juntos, que la punta, rozara tu clítoris. Tus movimientos eran de adelante a atrás provocando que la punta acariciara el clítoris y comenzaras a sentir mucho más. Tu mano apretaba mi pene para que la punta rozara más todavía tu clítoris… Así, entre los dos, te dabas placer y a mí… se me entrecortaba la respiración. Entonces fue cuando me separé de ti, te di la vuelta y te senté sobre el poyete de la ventana. Te abrí las piernas y me puse de rodillas. Te agarraba los pechos y a la vez te besaba las piernas. Cuando lo hacía tu respiración subía. Algún beso se escapaba al monte de venus, justo encima del clítoris. Cuando me acercaba a esa zona dejabas de respirar un segundo esperando que me parara ahí, esperando a ver qué pasaba cuando me acercaba, esperando sentir los labios ahí mismo. Cuando pasaba de largo recuperabas la respiración. Y en uno de esos movimientos se encontraron mi boca y lo labios de tu vagina, con el clítoris húmedo, no solo por el agua del baño, sino por ese placer que ibas sintiendo.

Mis labios jugaban con tus labios vaginales para hacer sitio, buscando, liberando al clítoris que asomaba húmedo entre mis labios. Tus manos en mi cabeza, las mías en tus rodillas, asegurándome que no cerrabas tus piernas. Mi lengua comenzaba a darte placer, a hacerte perder el sentido, a dejar volar tu imaginación, a acelerar tu respiración, tus pulsaciones, tus latidos, tus sentimientos, tu éxtasis se acercaba. Mientras mis labios jugaban con tu clítoris, mis dedos se acercaba a la vagina. Te dejabas tocar, te dejabas dar placer.

De repente, me cogiste la cabeza y me tumbaste boca arriba para tener sexo oral a la vez. Abriste las piernas, te pusiste encima de mí de pie, mirándome a la cara, y te diste la vuelta. Te pusiste de rodillas, a la altura de mi cintura, te agachaste y tus manos me cogieron el pene. Tu sexo estaba sobre mi cara, tu culo seguía mojado, y tus labios se acercaron a mi pene. Tú jugueteabas con mi glande, la lengua remojaba mis partes y una de tus manos me tocaba los huevos. Yo jugaba con tu clítoris, mis dedos te hacían sentir placer dentro de ti. Cada vez eran más rápidos los movimientos, cada vez eran más rápidas las respiraciones,… A pesar de tener las bocas ocupadas los gemidos se dejaban caer como voces entrecortadas.

Te movías mucho mientras te tocaba. Parecía que querías sentir más. Justo un momento antes de correrme, me levanté, te puse a cuatro patas, y seguí dándote placer. Tus manos sobre el suelo, tus rodillas también, tus tetas caían hacia abajo y mientras sentías el placer mi pene estaba dentro de ti. Te agarraba por la cintura, una rodilla mía apoyada en el suelo, el otro pie en forma de cuatro para estar más cerca de ti. Solo con una rodilla apoyada me bastaba para entrar y salir con fuerza mientras te escuchaba decirme que fuera más rápido. Me decías que así es como te gustaba, que te ibas a correr, que siguieras, que no necesitabas que te tocara, que así con ella dentro te ibas a correr, y mientras gritabas de placer, yo hacía lo mismo. Disfrutabas del éxtasis y sentías como me corría dentro, como algo dentro de ti explotaba.

Con la cabeza gacha y los codos en el suelo porque la fuerza con la que lo hicimos te había cansado. Nos corrimos a la par. Seguía dentro de ti con los últimos movimientos, y una de tus manos sobre la mía que te agarraba la cintura. El suelo de madera crujía mientras yo entraba y salía al mismo tiempo que nuestros corazones ralentizaban los latidos, para poder sobrevivir al momento de placer que habíamos tenido. Creo que eso nos bastó, para acercarnos a la cama. Tu boca abajo y yo boca arriba con tus manos sobre mi torso conseguimos coger el sueño. “Ya sabemos, que tenemos que hacer cuando volvamos a viajar”, nos dijimos, “y no podamos dormir… ¡nos damos un baño!”

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