Relato erótico (XVII): Un doble latido

Foto de la propia Angélica para ilustrar este relato.

Foto de la propia Angélica para ilustrar este relato.

Angélica, una joven soltera de 36 años de edad, comparte su experiencia con un hombre casado y bisexual. Para ella, la ecuación perfecta de deseo, promiscuidad y amor imposible

Editado por Rocío R. Gavira | Twitter: @RocioRGavira

Angélica es una mujer soltera de 36 años de edad. Un día cualquiera, por motivos profesionales, tuvo una conversación telefónica con Richard. Él está casado, tiene 38 años y es bisexual. “Vive lejos, pero ello no impide que desde la primera vez que hablamos surgiera una relación extrema de obsesión y lujuria sin apenas conocernos”, confiesa Angélica.

La pasión no tardaría en crecer y dominar sus vidas. “Comenzamos a pedirnos el uno al otro vivir relaciones con otras personas, fantaseando que los otros éramos nosotros mismos –cuenta Angélica–. Terminamos involucrándonos en una relación ardiente, excitante e imposible”.

Solo se vieron en dos ocasiones, pero esa frenética obsesión y lujuria les impidió dar marcha atrás. Para Angélica lo que más le gusta de todo de este círculo vicioso es “la perfecta ecuación de deseo, promiscuidad y amor imposible”.

Este es su relato, ‘Un doble latido’:

Podía escuchar su silbido aun desde la ducha, cayendo el agua sobre su cuerpo, saciando de agua sus labios, su pecho y recordando todo el sexo incontenible de unos momentos previos.

Llevaría en su recuerdo la fuerza de sus manos y sus dedos buscando y palpando su sexo, abriendo sus piernas, su recuerdo que se desvanecería como un encaje negro que deja ver la piel, pero termina por volverse denso y loco, como él ya lo estaba.

Sobre su pecho, ella de espaldas tumbada, abriendo y ofreciendo las piernas temblorosas, él ponía una mano en su boca. Pensó tantas veces en tenerla, en odiarla, en follarla. Pensó tantas veces en detestarla y ahora la tenía justo donde quería, gimiendo y latiendo.

Podía sentir su doble latido: el de su corazón, que deseaba con toda su alma, y su clítoris, huidizo y brutal. Ese pequeño milagro de piel lo había mantenido sin vida, sin aliento durante meses, alimentándose de un ansia terrible buscando otros cuerpos.

Otro imagen de Angélica.

Otro imagen de Angélica.

Buscaba su boca en otras y eran mentira. Otras bocas en las que encontraba mil lenguas que le lamían y le saciaban por su cuerpo, su cuello, su espalda, su glande, su lengua en otras bocas, en otros cuerpos, buscándola. Lamiendo algo parecido a quien era ella, sujetando por la cadera otros nombres y odiando otros perfumes.

Pero ya era suya, como de nadie más podría ser, como él mismo a ella pertenecía, él y todos sus ardientes deseos, sus desconocidos amantes. Él y su voluntad.

Él y sus amantes, todo un ejército de patéticas marionetas moviendo sus cortos y transparentes hilos al otro lado del teléfono, a cientos de kilómetros, ordenando besos, caricias, posturas y enredos.

Estarás aquí quieras o no, estarás conmigo, mientras penetro a los amantes casuales, mientras les beso, les deseo y te imagino, desnuda, sutil, fugaz y sonriente.

Estarás conmigo, maldita puta de Roma, y nunca más desearás a nadie, será imposible que exista en tu mente, en tu cuerpo, en tu vientre, en tu sexo, en tus manos, en tu boca, un deseo que arrastre tantas vidas, tantas horas y tanto anhelo.

Estarás conmigo cuando gimen y me lamen, cuando mi cuerpo deja por un momento de ser yo mismo y se convierte en algo parecido a un corazón latiendo fuera de mi pecho”.

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